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    • El legado del Maestro Andrés Segovia Flipboard

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      Monografías, entrevistas y documentales


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      Nota preliminar
      (artículo publicado originalmente en GuitarBEND.com el 29/11/2016)

      Virginia Luque, colaboradora y profesora de GuitarBEND, es una de las guitarristas clásicas de España con más proyección internacional de la actualidad. Fue alumna del Maestro Andrés Segovia, guitarrista y persona que dedicase su vida, de forma íntegra, a la música y a la guitarra, y que nos ha dejado un legado inmortal a todos los amantes de la música. Y quién mejor para hacer una apología de ese legado que la propia Virginia, que desde Nueva York ha sacado un hueco para iniciar su participación en esta humilde website con este ensayo/monografía dedicada a la memoria del Maestro, que fuera su mentor.

      Si quieres saber más sobre Virginia, puedes hacerlo en el artículo con entrevista que le dedicamos hace unos meses o en su biografía como profesora de la Academia de Guitarra GuitarBEND.





      El legado del Maestro Andrés Segovia
      Por Virginia Luque.


      Hoy recordamos a un ser que ha marcado el destino de nuestra guitarra clásica moderna: un instrumento que todos los guitarristas clásicos tenemos el honor de disfrutar y cultivar hoy en día gracias al esfuerzo aportado por el legendario maestro Andrés Segovia.

      Maestro, un título de sobra merecido por su contribución responsable durante el transcurso de su vida profesional, dedicado a la difusión de un instrumento que, en aquél entonces, era considerado sólo en el ambiente popular de los flamenquístas.
      Trajo a las grandes salas de conciertos nuevo repertorio, escrito por apreciados colegas y amigos al mismo tiempo, grandes maestros de la composición, sin olvidar transcripciones suyas de compositores que el público musical en general de esa época no estaba acostumbrado a escuchar, y menos viniendo de esas seis cuerdas.

      En sus tiempos de juventud los únicos medios de difusión estaban prácticamente fundamentados en la ardua actividad concertística a través de los años, y más posteriormente con la grabación de su trabajo en aquellos discos de vinilo que ofrecían un sonido caluroso e íntimo.

      La escuela tradicional del Maestro estaba basada en el lirismo, en todo el concepto de la palabra. En el encuentro del perfecto equilibrio del fraseo, obviamente con los estilismos característicos segovianos que esporádicamente nos embelesaban con sus notas tenutas angelicales.

      En sus tiempos de juventud el Maestro Segovia también se deleitaba con los toques flamencos, viniendo de sus propias manos.
      Yo personalmente escuché una cinta que pertenecía a un amigo mutuo de mi familia y del Maestro, el señor Sanz, en la que se oía al Maestro tocar por bulerías.
      Tengo que decir, sin niguna maldad y sólo con un inocente sentido jocoso, que a pesar de sus deseos de ocultar su aprecio por este otro maravilloso arte que es el flamenco, no se le daba nada mal.

      Los que nos sentimos orgullosos de haber estado cerca de él y haber absorbido todos sus consejos, recibimos la digna responsabilidad de continuar con la obligación de hacer justicia a este instrumento, aportando nuestro esfuerzo, por un lado contribuyendo a la evolución técnica y por otro, la necesidad de reclutar compositores que se interesen en este maravilloso instrumento.

      El Maestro Segovia, Don Andrés, era un señor andaluz cuya personalidad pública imponía bastante. Un carácter impaciente e inflexible en multitud de ocasiones cuando se refería musicalmente a transmitir sus propias ideas y, en particular, en materia de digitaciones.
      En cambio, cuando se le conocía, y sobre todo no se le demostraba temor y se conversaba de andaluz a andaluza, el cual era mi caso, rezumaba chistes por doquier en cada oportunidad que se le presentaba. Y una cosa si que tengo que admitir, que algunos no tenían mucha gracia. Yo solía expresar con honestidad mi opinión al respecto.

      Fue una mañana de domingo cuando Don Andrés me invitó a tomar clases particulares, por aquél entonces yo vivía en Málaga. Recibí una llamada de su esposa, Emilia, quien me pasó al maestro y ya al oír su voz me temblaron las piernas.
      Me ofreció darme clases particulares a lo que le respondí con una pregunta: ¿cuánto nos va a cobrar, maestro? contestándome que el ofrecimiento era gratuito, que quería ayudarme.
      Me convertí sin saberlo en su última discípula.

      El primer día en el que viajé a Madrid con mi padre y subí a su estudio de Concha Espina, fué un momento inolvidable de una discípula en sueños que despertaba haciéndolo realidad.
      Mi primera visión, un señor anciano bien perfumado que me estrechó la mano donde perdí la mía por un momento, bien vestido, con su camisa blanca y su lazo negro a manera de corbata, una rebeca gruesa, a su derecha, un sofá cargado de montañas de partituras.
      Él, sentado, dando su espalda a la ventana, yo solo podia percibir su silueta, una voz melodiosa con sensibilidad hacia mi persona.
      Mi padre sentado a su diestra, testigo de esa experiencia religiosa, un sofá a poca distancia mía, a mi derecha, donde casualmente me sentaba al terminar las clases. En una ocasión miré hacia abajo y ví el cuello de una guitarra saliendo de entre mis piernas. Mi indignación pudo por encima de la discreción. Le pregunté qué guitarra era esa que no tenía funda, que como era posible algo así, la agarré por el cuello y me dijo sonriendo: creo que es una Fleta.

      Mi primera clase, aparte de tocar para él casi todo mi repertorio, que a pesar de mi juventud era ya bastante extenso, consistía en tocar todas las partituras que caprichosamente sustraía de esas montañas repletas de música. Partituras que yo desconocía y que tenia la obligación moral de interpretar a primera vista, durante cinco horas diarias en sus clases, con una de sus guitarras.

      Una vez me pasó una partitura, la Sonata clásica de Manuel Ponce, y me pidió que se la trajera al dia siguiente aprendida y memorizada. Así lo hice. Cuando regresé a la mañana siguiente y terminé de tocarla de memoria me dijo que por qué la había memorizado, aludiendo que era una broma. Definitivamente algunos de sus chistes no tenían gracia.

      La primera clase fué enseñarme a limar mis uñas. Me dió unas limas especiales, muchas cuerdas que Rose Augustine fabricaba para él, en sobres de carta y escritos de puño y letra por él, indicando las cuerdas. Él tenía una forma especial de limar sus uñas que, aparte de adoptar el ángulo perpendicular tradicional de la mano derecha a la antigua usanza, atacaba las cuerdas por el lado interior de las yemas. Era una posición que en ese tiempo me tentaba, de hecho una de las veces me presenté con su mano derecha a lo que me replicó que no era la adecuada para mí.
      Mis deseos eran seguir ciegamente la búsqueda de ese sonido tan particular que el Maestro poseía.
      Cuando el maestro me vió tocar, me aconsejó que no era mi posición, que la mía me iba perfectamente bien y que por favor no intentara cambiarla.

      Con el paso de mis años laboriosos de estudio, obsesionada por conseguir un sonido consistente y con un sueño: "un legato perfecto", me dí cuenta que la posición segoviana limitaba la flexibilidad de mi mano en cuestión de conectar posiciones y alternar la digitación sin interrupción sonora, en otras palabras, con ese ángulo no podía luchar en contra de la gravedad de la mano.
      Hice las paces con mi progreso y a eso he dedicado mi vida, a trabajar acústicamente el sonido, hasta el día de hoy.

      Nos comunicábamos por carta y por teléfono cuando viajaba en sus giras para acordar nuestros encuentros en su estudio, cartas que por supuesto, hoy día conservo, partituras que me regaló y especificamente cartas de recomendación que fueron necesitadas en sus debidos momentos.

      Fué un músico que de alguna manera deseaba traspasar parte de la responsabilidad del futuro de la guitarra a sus discípulos y, en mi caso, creando oportunidades para mí: conciertos, presentaciones a sus compañías de representación e incluso a su sello discográfico.

      Los días antes de caer enfermo nos vimos aquí en Nueva York. Fué un encuentro muy emotivo. Me repasó lo que habia estudiado últimamente, para no perder la costumbre, saludó a mi padre y nos dimos un abrazo como si nos dijéramos adiós de alguna manera, en silencio.
      Tuvo que cancelar su concierto del Carnegie Hall y me comentaba, con un tono de tristeza, que su deseo era reducir un poco su actividad concertística pero desafortunadamente notaba que su esposa todavía pensaba en que tenía la vitalidad de un hombre joven, y le animaba a continuar.

      El día que el Maestro falleció, la radio que tenía en mi mesa de noche se encendió sin explicarlo, anunciando su fallecimiento. Don Andrés me transmitió mi misión por el sonido y a él le dedico mi labor.
      Siempre mencionaba que era un estudiante de la guitarra. Y qué verdad tenían sus palabras: es un camino sin fín que hay que retomarlo cada día.







      English Version




      Previous note


      Virginia Luque, collaborator and professor for GuitarBEND, is currently one of the female classical guitar players from Spain with a greatest international presence. She was a student of Master Andrés Segovia, a guitar player that dedicated his life, integrally, to the music and the guitar, and left us an immortal legacy to all of us guitar lovers. There’s no better choice to write a tribute to this legacy than Virginia herself, whose from New York, created the gap to be part of this humble website with this essay/monographic dedicated to the Master himself, who was her mentor.

      In order to get to know more about Virginia, you may do it through the interview we dedicated to her a few months ago, or in her biography as a professor of GuitarBEND’s Academy.





      The Legacy of Master Andrés Segovia
      By Virginia Luque.



      Today, we remember a character that has marked the destiny of our modern classical guitar: an instrument that currently all of us guitar players have the honor to enjoy and develop thanks to the efforts of the legendary master Andrés Segovia.


      Master. A title righteously deserved for his forthright contribution during his professional years, dedicated to promote an instrument which, in that age, was considered only in the popular environment of flamenco players.
      He brought new repertoires to the biggest concert halls, written by appreciated colleagues and friends at the same time, great masters of scoring, without forgetting those transcriptions the audience of that age was not accustomed to listen, even less coming from those six strings.

      In his early years, the only means of promotion were mostly built by a tough concert activity, and subsequently with the recording of his work in vinyl disks, which offered a warm and intimate sound.

      The Master’s traditional school was based in lyricism, in every concept of the word. In this encounter of perfect balance between phrasing, obviously with Segovian style, we found ourselves sporadically enchanted by his angelical sounding notes.

      In his early years, Master Segovia also delighted himself playing flamenco, coming from his own hands.
      I personally got to listen to a tape, which belonged to a mutual friend of my family and the Master’s family, Mr. Sanz, where we could listen to the master playing by “bulerías”.
      I’ve got to say, with no pun intended and with an innocent joking sense, that regardless of his desire to hide his appreciation for this marvelous art, he was not bad at it, at all.


      Those who feel proud of being close to him and to absorb all of his advices received the great responsibility of keeping up with the obligation of making justice to this instrument, contributing with our effort for technical evolution on one side, and recruiting composers interested in the instrument on the other side.

      Master Segovia, Don Andrés, was an Andalusian gentleman whose public personality imposed a lot. With an impatient and unbent character in a variety of occasions whenever he tried to musically express his own ideas, and particularly when it comes to digitation.
      However, whenever you got to know him, especially when you wouldn’t show any fear to him and there was a smooth conversation from Andaluz to Andaluza, which was my case, he always came up with jokes in every opportunity given to him. And I have to admit, some of them were terrible. I used to express my opinion with complete honesty.


      It was on a Sunday morning when Don Andrés invited me to take private classes with him, back in the day I used to live in Málaga. I received a call from his wife, Emilia, who passed me to the master and my legs started shaking when I heard his voice.
      He offered to give me private classes, to which I answered with a question: How much are you going to charge me for this, Master? To which he answered it was a free offer, that he only wanted to help me.
      Without knowing it, I became his last disciple.

      The first day I traveled to Madrid with my father and went up to his studio at Concha Espina, was an unforgettable moment of a daydreaming disciple who woke up to make it come true.

      My first sight, an elder gentleman well perfumed who shook my hand where I lost mine for a moment, well dressed, with a white short and a black lace as if it was a tie, a bold cardigan, a couch with loads of music sheets to his right.
      He was sitting with his back to the window, and could only see his silhouette, and hear to a melodious voice who spoke to me with sensibility.
      My father was sitting to his right, witness of that religious experience, a couch close to my right, where I casually sat after finishing the classes. There was a time when I looked down and saw a guitar neck coming out from between my legs. My indignation was stronger than my discretion. I asked what was that guitar without a gig bag, how was that possible. I grabbed it by the neck and while smiling, he answered: I think it’s a Fleta.

      In my first class, I played for him almost my entire repertoire, which regardless of my young age was very extensive. It consisted in playing all the music sheets that I whimsically took from those mountains of music. Music sheets that were not known to me, and which made me feel the moral obligation to interpret at first sight, during 5 daily hours in his classes, with one of his guitars.

      He gave me a music sheet once, the “Classical Sonata” from Manuel Ponce, and asked me to bring it learned and memorized by the next day. And that was how I made it. When I came back the next morning and finished performing it by memory, he asked why did I memorized it, saying it was a joke all the time. Definitely, some of his jokes were not funny at all.

      The first class consisted of teaching me how to file my nails. He gave me some special nail files, a lot of strings that Rose Augustine crafted for him, in card envelopes and handwriting, indicating the strings. He had a special way of filing his nails in which, besides adopting the up-and-down traditional position on the right hand, he stroke the strings with the inner side of his fingertips. It was a position that tempted me at that time, as a matter of fact I presented myself with his right hand, to which he replied that it was not adequate for me.
      My desire was to follow blindly my search of that particular sound the Master possessed.
      When the master witnessed my performing, he advised that was not my position, that mine was perfectly good and told me not to try changing it.

      As the years passed with my tough studies, and obsessed with getting a consistent sound, and with the dream of achieving a perfect legato, I got aware the Segovian position actually limits the flexibility of my hand when it comes to connect positions and alternate the digitations with no interruptions. In other words, I was not able to struggle with the hand’s gravity with that position.
      I made amends with my progress and I dedicated my life to that, to acoustically work on my sound, until today.

      We used to communicate by letters and telephone when he traveled on his tours, so we could arrange our encounters at his studio. I still conserve these letters today, music sheets he gave me and specifically letters of recommendation that were all needed now and then.

      He was a musician that in some way desired to pass part of the responsibility on the guitar’s future to his disciples and, in my case, creating opportunities for me: Concerts, performances to his representation companies and even to his record label.

      The days before falling sick, we saw each other here in New York. It was a really emotive encounter. He reviewed for me the things he studied lately, in order not to lose customs, he regarded my father and we hugged each other as if we were saying farewell in some way, silently.

      He had to cancel his concert at Carnegie Hall and he commented to me, with a tone of sadness, that his desire was to reduce a bit his concert activity, but unfortunately he noticed his wife still thought he had the vitality of a young man, and encouraged him to continue.

      On the day he passed away, the radio I had on my table that night turned on with no explanation, announcing his decease. Don Andrés transmitted me my mission for the sound, and I dedicate my labor to him.
      He always mentioned that he was a guitar student. And his words couldn’t be more correct: It’s an endless road, and we have to take it back every day.


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      1. Avatar de Moisesloomy
        Moisesloomy -
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