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    Manuel Baez

    El músico como concepto social: Muerto de hambre o pieza de la sociedad

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    "¿A qué te dedicas?"
    Probablemente es una de las preguntas más controvertidas en la vida de un músico profesional. Y es que existe un claro problema de respeto profesional en la cultura contemporánea, que deviene del concepto de productividad asociado a las tesis capitalistas más extremas, según las cuales se entiende como actividad productiva aquella que produce un monto económico o una producción material tangible. Es decir, lo que se valora no es una producción a largo plazo, ni una producción intelectual, sino el aquí y ahora. La productividad para la especie humana no es vista como tal, por lo que un banquero es un profesional respetado, pero un músico, un pintor, un filósofo o un científico no son considerados de la misma forma.
    La música, como tantas actividades culturales e intelectuales, no tiene una productividad económica por sí misma. De hecho, a lo largo de la historia, el arte se ha demostrado como una fuente productiva inagotable en términos de bienestar social y avance intelectual, estando siempre relacionada con diferentes tendencias y adaptándose a los modelos sociales de la época.
    Evidentemente, existe una productividad asociada que tiene más que ver con el negocio que con la propia música en sí. El músico, siendo la parte fundamental por el desarrollo creativo y la composición, así como por la interpretación, no sólo se ve relegado a un segundo plano económicamente, dentro de un mundo en el que el dinero es manejado por productores, promotoras, publicistas… que terminan obteniendo el rédito económico de la actividad desarrollada por otro, sino que también contempla estupefacto como dentro de esa cadena que conforma el producto final su trabajo es el menos prestigioso, e incluso es considerado indigno y fuera de las fronteras de la profesionalidad. Un productor musical es considerado alguien que, como su propio nombre indica, produce, y por ello es socialmente deseable. Un músico, que es el que realmente produce y desarrolla el producto, es conceptuado como un vago, un perdido, y nunca como un profesional, salvo que sea millonario.
    La realidad es que detrás de un disco o un concierto hay muchos elementos intangibles; horas de estudio, inversión económica y laboral,ensayos, estudiar las canciones en casa, componer, hacer arreglos… Normalmente un músico profesional tiene como mínimo entre diez y quince años de estudio a sus espaldas, el triple que la mayor parte de las carreras universitarias. Muchos músicos son asimismo pluriempleados, dedicándose a la interpretación, arreglos, docencia e incluso haciendo carga y descarga de escenarios e instrumentos. Algunos incluso tienen amplios conocimientos de electricidad.
    A pesar de todo esto, la profesión musical continúa siendo vilipendiada y despreciada por otros profesionales que, desconociendo la amplia formación necesaria para la actividad musical, imaginan un tipo de trabajo totalmente idealizado que poco tiene que ver con la realidad. Ellos ven a un músico y piensan "este tipo pretende ganarse la vida por subirse una hora a un escenario 3 veces a la semana", obviando que ha estudiado y sigue estudiando para alcanzar ese estatus de músico (sea profesional o aficionado), que ha invertido en equipo, que se ha formado en centros generalmente privados, y que durante esa misma semana, probablemente ha dedicado varias horas diarias (normalmente, sin descanso por "vacaciones") y ha superado lesiones para llegar a desarrollar esa actividad.
    Otro caso similar es aquel en el que se argumenta que el músico vive de lo que le gusta y que por tanto no debería cobrar. La realidad es que el estado ideal sería que todos trabajásemos en lo que nos gusta, lo cual implicaría una mayor motivación y probablemente un mejor uso de las capacidades innatas. Lo único que puede motivar un comentario de este tipo es la envidia o la propia frustración al no haber podido llegar a trabajar en algo que resulte placentero. Pero más allá de este falso argumento, la realidad es que un músico se lesiona, sufre penurias y en muchas ocasiones tiene que desarrollar un trabajo que no le gusta en absoluto, como el resto de los mortales. A veces sería necesaria una mayor empatía para comprender a quienes nos rodean y entender que los demás también sufren y que su trabajo vale tanto como el nuestro.

    Probablemente, esta visión también proviene de la sociedad moderna y otro concepto, la malentendida competitividad. La competitividad nunca debiera entenderse como un ataque hacia la otra persona, sino como la motivación necesaria para llegar a ser mejor que uno mismo. Entendida de esta forma, la competitividad desde siempre sana y ayuda a mejorar y a superarse. Sin embargo, a día de hoy la competitividad se basa más en difamar o menospreciar a quien se considera un rival o a una persona cualquiera por la que sintamos envidia o simplemente no nos cae bien. En lugar de tratar de mejorar y de superarse a sí mismo, este segundo tipo de competitividad sólo busca desprestigiar a todo aquel que ostente un mayor nivel que el propio en el desarrollo de cualquier actividad. Esta perspectiva nunca proporciona una mejoría o superación, sino un estancamiento global.
    En muchos casos se alcanza una situación en la que el músico termina sintiéndose no ya infravalorado, sino netamente inferior. Se siente completamente fuera del sistema, y escucha constantemente clichés y arquetipos sobre comportamientos basados en la drogadicción, el desenfreno y la llamada "mala vida". La mayor parte de las ocasiones la realidad desmiente estos hechos; la música es una carrera de fondo, sea para un profesional o para un aficionado y por ello requiere un estudio constante y una actualización de los conocimientos que nunca cesa. En la mayor parte de los estilos esto resulta incompatible con un comportamiento que desagradaría a todas luces las capacidades del intérprete y frenaría su avance en el estudio.
    ¿De dónde viene pues ese desprecio, ese prejuicio hacia el músico como profesional? De asociar una profesión o cualquier actividad con una productividad económica inmediata basada en lo tangible y material. Evidentemente la música, como la literatura, la escultura o incluso la ciencia tiene que ser observada desde una perspectiva que no base únicamente la productividad en términos económicos y de capital. Cuando se invierte en una investigación científica, no se hace esperando obtener un resultado ese mismo día. En ocasiones ni siquiera se espera un resultado positivo o de avance, sino la negación de una idea errónea. En el caso de las artes o la filosofía hay diversas formas de productividad.
    Así, un músico puede hacer pensar, provocar sentimientos que incluso cambien a otras personas, o simplemente entretener. También puede contar una historia que ocupe un lugar en la propia historia de la humanidad, caso de unos pocos elegidos. El propio estudio de la música conlleva según todos los datos científicos de que disponemos un aumento de la creatividad y determinadas áreas cerebrales que derivan en una mayor capacidad intelectual, no ya en el músico profesional, sino en cualquier aficionado o incluso oyente de música. Así pues, el valor de un profesor de música es el mismo el que pueda tener cualquier otro profesor.

    Sin embargo, se asocia la música o mejor dicho, el desarrollo de la actividad profesional musical, con valores negativos, y con una carencia absoluta de interés social. "Pero la música no es un trabajo, tendrás un trabajo de verdad". Esta es una de las frases más extendidas ante la respuesta a la pregunta inicial de este texto.
    ¿Qué es un trabajo de verdad? ¿Quién determina qué trabajo es más productivo? Nos encontramos con un problema de concepto que afecta, no sólo al área musical, sino a cualquier capacidad o trabajo de tipo intelectual que no vaya directamente dirigido a producir dinero o materiales que puedan ser canjeables por dinero. Pondré como ejemplo el consabido desprecio hacia los filósofos en España, pues se considera que un filósofos alguien que tiene mucho tiempo que perder y que no produce nada para la sociedad. Esto nos podría llevar a plantearnos si acaso Emilio Botín o Amancio Ortega han producido un mayor bien social que Aristóteles u Ortega y Gasset.
    Hay también con otro argumento para desprestigiar al músico que pretende engañar mediante una premisa totalmente falsa. Se repite muchas veces que la cultura debe ser libre, y por ello todos los trabajadores que viven de la producción cultural, y no de la producción económica o material, deben trabajar gratis. Éste argumento resulta totalmente demagógico, sobre todo considerando que antes que la libre cultura deberíamos obtener derechos humanos de mayor calado de importancia, como el derecho a la comida, alojamiento, medicinas y un trato médico digno, vestimenta… Así, casi todos los profesionales, salvo aquellos que se dedican a productos de lujo, deberían según esta falsa premisa trabajar gratis. Evidentemente, no es ni lógico ni deseable que así suceda. Si la cultura de ser libre, es porque es un bien universal y lo que no es lógico es que los bienes universales no se valoren socialmente. Desde mi punto de vista,todo trabajo, sea productivo intelectual, económica o socialmente tiene un valor intrínseco. Además, hemos de aprender a valorar el esfuerzo depositado y las capacidades necesarias para desarrollar cada trabajo.
    Tanto da si vemos un músico en la plaza de un pueblo, o en un escenario ante 50.000 personas; en ambos casos estamos contemplando una persona que ha estudiado y se esfuerza, que trabaja duramente y nada contracorriente en una sociedad que sólo entiende el lenguaje del aquí y ahora.

    Sirva esta reflexión para que quienes ven en un músico a un vago nato entiendan que un trabajo no se reduce exclusivamente a producir objetos, servicios o bienes materiales, que no se reduce a lo tangible. Un trabajo es el desarrollo de cualquier actividad profesional.
    Aquí nos podríamos encontrar con otra polémica. Un profesional lo es únicamente porque cobra, independientemente de su nivel y calidad de su producto. Por ello, rompo una lanza a favor de todos esos músicos "aficionados" que han trabajado duro para adquirir un nivel que muchos casos supera ampliamente al de los profesionales y sin embargo han elegido otro trabajo principal o han tenido que renunciar a su sueño de trabajar como músicos precisamente por el mal concepto que la sociedad tiene de esta profesión.
    Una vez un amigo músico me dijo que consideraba que quienes querían ser músicos y no habían llegado a serlo eran "cobardes". No puedo estar más en desacuerdo. Evidentemente, la decisión de arriesgarte para llegar a ser un músico profesional es meritoria e implica una fuerte personalidad. Pero no es menos cierto que muchas veces es totalmente arbitraria y que procede en gran medida de la casualidad. No todos llegamos a la música porque buscábamos ser músicos (en mi caso particular es cierto que renuncié a bienes económicos mayores y más seguros, pero también es cierto que no decidí plenamente ser músico profesional hasta que pasó un tiempo); más bien el camino nos lleva a ser músicos. Otras ocasiones, alguien que merece hacer ese camino, que lo merece más que muchos profesionales, no lo alcanza. No por el "destino" ni fuerzas motrices de la vida, sino porque no hay apenas posibilidades.
    No todos valen para ser músicos ni todos los que son músicos lo son de una forma innata. Pero lo cierto es que mientras perdure este concepto moderno de productividad tangible, resultará muy difícil que los músicos puedan alzar la voz con orgullo y decirle al mundo "Este es mi trabajo y estoy muy orgulloso de él".

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    Actualizado 17/10/2014 a 16:02 por Manuel Baez

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